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Textos de la historia: ¿Eran unos tiranos los faraones?

 Representación extemporánea de Diodoro de Sicilia

En el pasaje que ofrecemos, Diodoro de Sicilia (o Diodoro Sículo) historiador griego nacido en Agira (Sicilia) hace unos 2100 años, nos habla de cómo la tradición controlaba a los reyes egipcios con estrictas reglas éticas para que no hicieran un uso abusivo de su poder. Todas sus decisiones estaban reguladas por el respeto a la tradición y a las leyes divinas y humanas de modo que nada de lo que hacían se debía a la arbitrariedad, además no eran servidos por personas esclavizadas sino por nobles con una alta educación. 

Obviamente, esto no obsta para que en determinados momentos de la historia se dieran comportamientos inaceptables, pero sin duda estos pasajes nos muestran que el ideal de gobierno en Kemet no se corresponde con las imágenes de tiranos esclavistas que nos ofrece la historia eurocéntrica y el cine de Hollywood.

Diodoro de Sicilia: Biblioteca histórica

Libro I

"...en primer lugar, sus reyes [los de los egipcios] no tenían una vida igual á los otros establecidos en el poder monárquico y que lo hacen todo según su propia voluntad sin rendir cuentas, sino que todo estaba regulado por las ordenanzas de las leyes, no sólo lo relativo a sus funciones, sino también lo re lativo a su modo de vida y a la dieta de cada día. En su servicio no había ningún esclavo ni comprado ni nacido en casa, sino todos los hijos de los más ilustres sacerdotes, que habían superado la edad de veinte años y habían sido educados mejor que sus compatriotas, para que el rey, teniendo los mejores cuidadores de su persona y asistentes día y noche, no hiciera nada innoble: ningún soberano avanza mucho en maldad si no tiene servidores de sus deseos. Y estaban reguladas las horas del día y de la noche en las cuales era obligatorio de todas maneras que el rey realizara lo establecido, no lo que le pareciera a él.

Levantándose de madrugada, debía recibir primero las cartas enviadas desde todas partes para que pudiera despacharlo y realizarlo todo de la mejor manera, sabiendo exactamente cada cosa que se llevaba acabo por todo el reino; después, una vez aseado y con el cuerpo adornado con las insignias del gobierno junto con un vestido espléndido, debía ofrecer sacrificios a los dioses. Presentados los sacrificios ante el altar, era habitual que el sumo sacerdote, de pie junto al rey y con el pueblo de los egipcios alrededor, suplicara en alta voz que dieran la salud y todas las otras cosas buenas al rey que mantenía la justicia para con sus súbditos. También era necesario que proclamara sus virtudes parte por parte, diciendo que se encontraba piadosamente dispuesto para con los dioses y muy benig namente para con los hombres:

Es mesurado, justo y magnánimo y también sincero y dadivoso de sus bienes y, en general, más fuerte que toda tentación, imponiendo a las faltas castigos menores de lo merecido y dando a sus benefactores recompensas mayores que el beneficio.


Tras enumerar [y haber] tratado también muchas otras cosas semejantes a ésas, el suplicante hacía finalmente una maldición por las equivocaciones, disculpando al rey de las acusaciones y pidiendo que el perjuicio y el castigo recayeran en sus ayudantes y maestros de cosas innobles. Eso lo hacía, a la vez, exhortando al rey al temor de la divinidad y a una vida piadosa y, a la vez, acostumbrándolo también a vivir de la mejor manera no mediante amargas advertencias, sino mediante elogios amables y que conducen en gran medida a la virtud. Y, después de eso, tras hacer el rey los auspicios y los buenos augurios con un becerro, el escriba sagrado leía algunos consejos adecuados y algunos hechos de los libros sagrados sobre los hombres más ilustres, de manera que el que tenía el poder sobre todas las cosas, habiendo contemplado en su entendimiento las más bellas conductas, se dedicara así a la ordenada administración de cada cosa. No sólo había una ocasión determinada de despachar o de juzgar, sino también de pasear, bañarse, acostarse con la mujer y, en general, de todas las cosas realizadas en la vida. Y era habitual que emplearan alimentos delicados, consumiendo sólo carnes de becerros y de ocas y bebiendo una medida regulada de vino incapaz de producir una saciedad o embriaguez inconveniente. Y, en general, lo de la dieta se encontraba regulado tan moderadamente que parecía haberlo regulado no un legislador, sino el mejor de los médicos en atención a la salud.
 

Aunque parezca asombroso que el rey no tuviera toda la potestad sobre su alimentación de cada día, mucho más maravilloso era el que no les fuera posible ni juzgar ni despachar al azar ni castigar a nadie por soberbia o por animosidad o por alguna otra causa injusta, sino como regulaban las leyes existentes sobre cada cosa."


Versión de la Biblioteca Clásica Gredos, Número 294

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Antumi Toasijé

Antumi Toasijé
Doctor en Historia, Cultura y Pensamiento

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