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Reflexiones sobre los negros en Colombia

Texto de la conferencia que dicto el periodista y escritor José E. Mosquera (*), en la Universidad Americana con motivo de la celebración de la semana de la afrocolombianidad en Medellín

 “La ceguera biológica impide ver, pero la ceguera ideológica impide pensar”: Octavio Paz

José E. Mosquera Berrio

En el imaginario de la gran mayoría de población negra colombiana se tiene la falsa creencia que la esclavitud y la trata de sus antepasados nació con la conquista de América, cuando en realidad la esclavitud era un asunto normal y hacía parte de las estructuras políticas, económicas y sociales de los reinos africanos. En una serie de estudios se ha comprobado fehacientemente que los africanos desempeñaron un papel determinante en el desarrollo de la esclavitud y de la trata y se ha esclarecido que gran parte de ellos no fueron víctimas inocentes, sino actores determinantes en el triángulo de la compra y la venta de seres humanos hacia Europa y las colonias americanas.
Por  eso, con motivo de la celebración de la semana de la afrocolombianidad es bueno hacer una serie de reflexiones sobre la otra cara de la esclavitud y de la trata de negros. Hasta hace poco, la historia de la esclavitud y de la trata estaba dominada por los enfoques eurocentristas y se tenía la errónea idea que en triángulo de la trata los africanos habían sido víctimas inocentes. Pero con el paso del tiempo se ha ido corriendo el velo sobre el papel que jugaron los reinos africanos en el desarrollo de ambas actividades.
Un proceso que se dio como consecuencia de las relaciones comerciales que tenían los reinos africanos con los reinos europeos y asiáticos, las cuales fueron muy bien utilizadas por los comerciantes y mercaderes para desarrollar el oprobioso tráfico de humano, inicialmente hacia Europa y Asia, y luego hacia las colonias americanas.
 Las guerras fueron las principales fuentes de aprovisionamiento de mercancías humanas, en donde, las compañías negreras europeas tenían funcionarios que controlaban las redes de mercaderes africanos, quienes  eran los compraban directamente los esclavos en los reyes africanos.
La historiadora María Cristina Navarrete, en su libro Génesis y Desarrollo de la Esclavitud en Colombia, Siglos XVI-XVII, explica que “la clase dirigente africana asumió un papel significativo en el tráfico de esclavos” y “a menudo impedían que en sus estados otros comerciaran con los europeos” y eran los que “se encargaban de suministrar esclavos a los europeos” y por ende, “los monarcas africanos desempeñaron un papel activo en este comercio, del cual no fueron víctimas pasivas ni meros observadores”.
 Sustenta, su tesis en el hecho que “los estados africanos fueron los que determinaron sus participación en el comercio esclavista y no tanto por las presiones europeas”. De hecho, como subrayó en su momento el investigador, Walter Rodney, “el comercio de esclavos había sido imposible sin la cooperación de los africanos” porque “los gobernantes africanos encontraron las mercancías europeas suficientemente atractivas que aprovecharon su posición dominante para entregar como esclavos a sus cautivos”.
Esta es la otra cara del denigrante tráfico de humanos que por conveniencias políticas, los ideólogos del movimiento de negritudes no se refrieren, simplemente por el temor que se erosione el discurso que los africanos fueron victimas inofensivas.
Entonces, como afirmó, el escritor Paul Lovejoy, el gran “reto no es simplemente corregir el eurocentrismo que ha dominado los estudios sobre la esclavitud sino establecer el significado de la participación de los africanos en el negocio de la trata”. Obviamente, no basta con revaluar esos conceptos sino se profundiza en nuevos enfoques sobre el papel que ejercieron de los africanos en el deshonroso comercio. De suerte que, se requieren de nuevos análisis que examinen los roles de los negros en el desarrollo de la esclavitud no como víctimas, sino como protagonistas determinantes.
Por eso, resultan bien interesantes los esbozos de Navarrete cuando dice, que se debe hacer una revisión de “las vieja idea de que África fue víctimas pasiva de una Europa poderosa y dinámica, surgida de la ignorancia y de los estereotipos colonialistas necesita ser replanteada por una versión que evidencia los descubrimiento de la historiografía africanista contemporánea”.
Existen muchos casos, en regiones de Colombia, Brasil, Perú, Ecuador, Panamá, Nicaragua, Costa Rica, Jamaica,  entre otros países del continente, en donde los esclavos acumularon capital, compraron su libertad y luego se convirtieron en esclavizadores. No fueron hechos aislados, sino que emergieron en el ámbito de la misma dinámica de la esclavitud, dentro del contexto del desarrollo del capitalismo
Hasta ahora, los planteamientos de los ideólogos de las negritudes se han edificado sobre la base de las deudas políticas, económicas y sociales que tiene el Estado con los descendientes de los martirizados. Pero a la vez, se han convertido en tabú los temas referentes a los esclavizadores negros.
Esto deja en evidencia que es un movimiento que se ha estructurado sobre “en una memoria colectiva construida sobre el vacío de un origen africano y de la esclavitud” como víctimas y no como protagonistas. Y eso hay que revaluarlo. Por esas conveniencias políticas no se profundiza en estos aspectos y sobre otros relacionados con las evoluciones de las civilizaciones africanas y las relaciones políticas, económicas y culturales que mantuvieron durante miles de años con otras  culturas asiáticas y europeas, y se cae en el facilismo plantear las cosas simplemente desde la perspectiva de sacrificados.
Muchos de estos estudios son poco difundidos por los tabú que se han estructurado entorno a este polémico asunto. Por razones políticas a los afrodescendientes les han hecho creer que sus antepasados fueron las únicas víctimas del oprobioso comercio de seres humanos de África hacia las colonias americanas. Por aquellos sesgos ciento de negros en América ignoran que una gran cantidad de prisioneros de guerra, vagos y criminales blancos fueron también traídos de Europa y subastados como esclavos en las colonias americanas. Se oculta que miles de chinos e indios fueron transportados y vendidos como esclavos en las islas del Caribe, especialmente en Cuba y Puerto Rico. En las colonias inglesas cientos de sirvientes blancos fueron puestos en ventas en las subastas de esclavos negros. Además, de las similares condiciones de esclavitud y las altas tasas de mortalidad que padecieron los marinos de los barcos negreros durante las travesías de la trata de las cuales poco se habla.
La esclavitud y la trata no solo fueron unas de las tragedias más horribles para los africanos, sino uno de los peores martirios y crímenes  en contra de los negros en la historia de la humanidad. Pero la lucha contra el racismo y la exclusión de los descendientes de los africanos en América no los puede llevar a ignorar el papel que desempeñaron los gobernantes africanos en el desarrollo de ambas prácticas.
Como lo plantea, David Byron Davis, en su libro El problema  de la esclavitud en la Cultura Occidental: “En África el negro que un día vendía esclavos, podía ser vendidos por otros pocos días después”. Existían tribus tan diestras en el comercio de esclavos como los FIDES, con capacidad de entregar un promedio de más de mil esclavos al mes y, otros como los Aidan, que tenían una destreza de llenar en cinco semanas más de cuatro barcos de esclavos. Otro caso de profundos estudios ha sido el de la tribu de los Bambarena, donde la práctica de la esclavitud llevo a sus monarcas a formar aldeas con poblaciones cautivas y cada vez que deseaban productos europeos los ataban y los vendían a los mercaderes del abominable negocio.
En varios estudios se ha demostrado que en determinadas regiones en épocas de hambre los africanos vendían a sus hijos para asegurarse la supervivencia y la esclavitud era una práctica común y a veces era un castigo que se le imponía a los prisioneros de guerra, a los convictos, a los ladrones y a los adúlteros como lo han sustentado en sus trabajos historiadores como Daniel P. Mannix, Malcolm Cowley, Elizabeth Donnam, Eric Williams,José Antonio Saco, Melville J. Herskovits, Joseph Inirori, Basil Davidson, Fernando Ortiz, Frederick Bowser y Michelé Buchet, quienes con sus estudios han hechos profundas rupturas y nuevos aportes sobre la historia de la esclavitud y de la trata de negros.
Estos autores han comprobado que los reyes africanos vendían a los conspiradores, a sus esposas,  a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos. Además probado que había monarcas que amparados en los pretextos que en algunas aldeas se difundían rumores contra ellos no vacilaban en ordenar las destrucciones de aquellos poblados y condenaban a los moradores  a la esclavitud.
Otros investigadores como Joseph Inirori, sostiene que los monarcas africanos, en la búsqueda del aumento de sus riquezas, sus dominios, sus poderes necesitaron de las armas y mercancías europeas por eso para ellos las armas se transformaron en un excelente negocio de intercambio por esclavos. Por lo tanto, en buena parte de los casos eran los propios reyes africanos que con sus ejércitos organizaban las oprobiosas caravanas de cacerías de negros con el fin de someterlos y luego venderlos como esclavos. En algunas regiones de Sudán fueron numerosos los reinos, en donde la esclavitud fue una de sus principales fuentes de ingresos de los monarcas y en otras zonas africanas tribus como los Ashanti y los dahomeyanos se especializaron en la comprar de esclavos a las tribus del interior para luego revenderlos a los europeos.
Los Ashanti que eran inicialmente agricultores y abandonaron esa actividad cuando se dieron de cuenta que vender a sus hermanos era un negocio más lucrativo que cultivar la tierra. En opinión del historiador Mbale Welle, los Ashanti consideraron la presencia de los mercaderes europeos a lo largo de la costa como una nueva oportunidad de comerciar y como nuevo medio de reforzar su poder político entre los reinos de la región.
Basil Davidson en sus análisis sobre los reinos africanos esboza que en las ciudades-estado del delta del Níger que antes de la trata eran poblado de pescadores, se hicieron prósperas al estructurar unas redes comerciales altamente organizadas, basadas en la esclavización los poblados de las regiones interiores de la cuenca del Níger. En sus estudios sustenta que en la Costa de Oro casi todos los reyes suscribieron contratos anuales de suministro de esclavos con las compañías negreras a cambio de armas y mercancías europeas.
Por otra parte, el historiador chileno Marco Antonio Barticevi, subraya que “en el golfo de Guinea y en el valle del río Zambieze se desarrollaron Estados militares con base en el comercio de esclavos y muchos de ellos tenían una rígida organización militar, poseían grandes ejércitos y la mayoría de sus reyes se enriquecieron con la venta de sus propios hermanos”.
El antropólogo Fernando Ortiz, en su libro Los esclavos negros, demuestra que fue tan grande la tiranía de algunos reyes africanos que la servidumbre de sus vecinos y hasta en la de sus vasallos como fuente de riquezas, fue tanta la codicia que despertó la trata en otros monarcas llegaron  a vender todos los habitantes de las aldeas.
Por eso es acertado los análisis que ha hecho el historiador senegalés, Ibrahima Thioub, uno de los investigadores más destacado en el estudio del fenómeno de la esclavitud en África, cuando afirmó que “la esclavitud era  un proceso que ya venía antes de la intervención de los europeos” y sustenta su argumento que los reinos africanos eran sociedades en conflictos y por eso los grupos locales dominantes jugaron un papel determinante en el tráfico de esclavos hacia América.
Tampoco se puede desconocer existieron muchas tribus en África, entre ellos, los Susus, en Guinea y los Vais, en Sierra Leona que durante mucho tiempo se negaron a vender esclavos. Esta es una simple síntesis de la otra cara de la esclavitud y de la trata de negros que debe hacer parte de los nuevos enfoques de la cátedra de historia afrolatinoamericanas.

Las falacias del  sueño africano

Por las falacias políticas que tienen gran parte de los líderes de las negritudes sobre las complejidades del mundo africano, los hace pensar que aún existen vínculos muy estrechos con la madre patria. La historia del regreso de los esclavos libertos de Norteamérica a África, en la búsqueda del sueño de libertad son episodios que sirven para demostrar las falacias de ese discurso. La fundación del Estado de Liberia, es un caso que demuestra que los esclavos libertos que regresaron con la esperanzas de encontrar sus raíces, se hallaron con la sorpresa que el territorio que desembarcaron no era el mismo de donde habían desarraigados a sus antepasados.
Su primer impacto fue el rechazo de los nativos que los consideraron intrusos, crearon un Estado basado en los principios políticos y económicos norteamericanos, y con el paso de los años se convirtiendo en esclavizadores de los nativos. Otros casos sucedieron con los negros brasileros, al igual que los que regresaron impulsados por los movimientos mesiánicos de Marcus Garvaey, Alfred Sam y Arnold Ford, entre otros, terminaron siendo un completo fracaso. Actualmente, esa vieja aspiración que estuvo su esplendor en el siglo XIX en los Estados Unidos y retomada en las luchas de los negros por los derechos civiles en el siglo XX, quieren volverse un nuevo espejismo en la lucha racial colombiana.
Dos siglos después, los defensores de la africanización sueñan con encontrar en África sus raíces. Una esperanza en marcada en la falsa convicción que todos los que tenemos pigmentación negra, poseemos una homogenización cultural, y por consiguiente, esa  semejanza racial nos une con las culturas africanas, cuando por ejemplo, un negro colombiano es culturalmente diferente a un cubano y ambos a la vez, son diferentes a un sudanés o a un nigeriano.
Ellos tienen la creencia que  simplemente el color de la piel, peinarse, vestirse con atuendos africanos o pensar  empíricamente que todas las manifestaciones culturales de la población negra son de origen africanas, esos falsos imaginarios confirman nuestros nexos con el variopinto de etnias y culturas africanas, desconociendo de alguna manera las complejidades políticas, étnicas, religiosas y culturales de los países africanos.
Ignorando que las sociedades africanas han experimentado cambios profundos en sus composiciones étnicas y culturales que las hacen diferentes a las del período de la trata. Se olvidan que la cultura de los pueblos sea de negros o mestizos no es monolítico, sino que  es producto de las particularidades geográficas y de las diversas influencias económicas, políticas y sociales que recibe de otras culturas. Por lo tanto, la cultura es un fenómeno dinámico que esta en permanente evolución, y más aún, en un mundo globalizado e interdependiente como el actual.
El hombre como tal, negro, blanco o indio no es un ser aislado, sino que está abierto al aprendizaje, a la adaptación y a la incorporación de nuevos elementos culturales que surgen de la relación con otras culturasLos esclavizados que llegaron a nuestra América, desde luego, que procedían de diversas etnias y culturas, y tuvieron que adaptarse a unas nuevas particularidades, y así, contribuyeron al enriquecimiento cultural de los pueblos americanos. Sus aportes como los de otras etnias han tomado nuevas dinámicas en la evolución de nuestros pueblos. 
Los negros americanos somos productos de unas nuevas diversidades étnicas, políticas y culturales, de la misma manera que lo son los africanos después miles de años del contacto con  otras culturas, lo único que no une es el color de la piel, somos el resultado de un nuevo multiculturalismo y multiracialismo que nos hace diferentes.
En África, el colonialismo no sólo destruyó las culturas y las  raíces étnicas de múltiples pueblos, sino que propició desplazamiento, desarraigo y mestizaje. De la misma manera que los actuales conflictos. De allí que, los territorios actualmente que ocupan algunas etnias no son los mismos que ocuparon sus antepasados.
Siempre y cuando, los negros sigan pensando más en el pasado africano que en el presente y el futuro en Colombia, y no se sientan orgullosos de nuestra nacionalidad, va ser muy difícil que desarrollen una visión de prospección económica y política, coherente y realizable que permita una verdadera inserción en las estructuras políticas y económicas del país.

Urge un cambio de mentalidad

Obviamente, que si los ideólogos se dieran a la tarea de estudiar objetivamente las transformaciones políticas y culturales de las sociedades africanas, seguramente, que tendrían una visión más realista del mundo africano y no continuarían sustentando sus luchas políticas sobre la estigmatización de la esclavitud y ocultando detrás de la mascara de la discriminación, la incapacidad y el fracaso de una clase dirigente. En una semana como esta escuchamos diversos planteamientos de algunos líderes e ideólogos del movimiento de comunidades negras sobre las secuelas de la estigmatización de la esclavitud, la discriminación racial y la falta de oportunidades que se ofrece en la alta burocracia estatal a los afrocolombianos. Sin embargo, poco se dice sobre la falta de liderazgo de los negros para irrumpir en gran escala en el sector empresarial y con más rigor en el mundo académico.
La mayoría de ideólogos y líderes de las organizaciones negras se han quedado en la retórica de las mismas exigencias y sustentado idénticas reivindicaciones políticas y económicas desde hace varias décadas. Todas soportadas en el paternalismo y en la burocracia gubernamental, más no, presentan novedosos planteamientos sobre lo que debe ser el desarrollo de los pueblos negros, dentro del ámbito de las iniciativas privadas.
Pienso que ha llegado la hora de replantear esos discursos cimentados en la quejadera y el lloriqueo por otros que lleven una profunda dosis de reflexiones sobre la falta de rigor del hombre negro para emprender el camino del éxito en un  mundo capitalista como el nuestro.
En el entendido que la base de nuestro sistema, es el lucro individual, y por lo tanto, los negros si quieren alcanzar posiciones de vanguardia dentro de la sociedad colombiana, tienen que empezar a pensar en ser grandes empresarios, importantes líderes gremiales y especialistas del más alto nivel en todas las disciplinas del saber, de lo contrario seguirán en las mismas.
Ese debe ser el propósito fundamental de las luchas de los afrocolombianos, más  no, deben seguir pensando que por simples razones étnicas deben alcanzar posiciones destacadas dentro del Estado. El camino más fácil que han encontrado la mayoría de esos líderes para esconder sus falencias emprendedoras, es atribuir todas las responsabilidades del atraso y la pobreza de los negros a la discriminación estatal.
Indudablemente que detrás de la máscara de esa retórica se oculta la ineptitud  y la ausencia de una  visión bien estructurada para impulsar el progreso de sus comarcas. De suerte, que si bien han existido históricos niveles de desatención por parte del Estado que no desconocemos. No todos los niveles de pobreza que sufren las comunidades negras no son imputables al Estado, sus líderes tienen una cuota de responsabilidad muy grande en el atraso de las mismas.
¿Será que toda la culpa es del gobierno nacional que los municipios  de la Costa Pacífica no tengan eficientes servicios públicos? ¿Quiénes son los que han dilapidados en inversiones dudosas los recursos destinados a saneamiento básico en la región?
¿Quienes son los  que han controlado en poder en aquellos municipios? ¿Mestizos o negros? Entonces, ¿Quiénes son los culpables de los niveles de los endeudamientos y malos manejos administrativos en los pueblos negros? ¿Quienes son los principales responsables de atraso y la pobreza de los habitantes de los mismos?
Los afrocolombianos tienen una clase dirigente que aún no se han sacudido del lastre de la moral de esclavo y continúa pensando más sobre lo que tienen que hacer los otros por sus pueblos que lo que tiene que hacer ella por el progresos de los mismos. Una clase dirigente que tiene protuberantes contradicciones sobre lo que debe ser el progreso de sus comunidades. Por un lado, exigen más inversiones por parte del Estado pero no hace una administración eficiente y transparente de los recursos propios y de los dineros del Sistema General de Participación que llegan a los municipios.

Una ley que ahuyenta la inversión privada

Del otro, pretende impulsar el desarrollo económico de los pueblos con un colectivismo que en su esencia va en franca contradicción con los principios básicos del capitalismo. Una norma que limita y ala vez ahuyenta la inversión privada. Por consiguiente, confina a los pueblos a seguir aplicando una economía de autoconsumo, y lo más absurdo, se oponen a las construcciones de las grandes obras de infraestructura en los territorios de comunidades negras.
Es claro, que siempre y cuando, los negros en sigan pensando más en la estigmatización de la esclavitud, en el paternalismo y en la burocracia estatal, no tengan sentido de pertenencia de lo público y piensen más en las iniciativas privadas, va ser muy difícil que desarrollen visiones de prospecciones económicas y políticas, coherentes y realizables que permitan a mediano y largo plazo inserciones en las estructuras económicas de nuestro país.
No todas políticas públicas por bien intencionada que aparezca son buenas, por que a veces por intereses políticos y económicos se desvirtúan sus propósitos y terminan con resultados adversos. Es lo que ha pasado con la ley 70, dentro de las políticas de la “discriminación positiva” y las Acciones Afirmativas.
Una norma en lugar de generar un avance hacia un cambio profundo en la población negra colombiana, acorde con las nuevas realidades políticas, económicas y culturales en un mundo interdependiente y globalizado, lo que le impuso a los negros en Colombia, fue una normatividad segregacionista que en vez de propiciar una mayor integración con el resto de los colombianos, los excluye, los aísla y los confina en una especie de apartheid.
Lo polémico del asunto es que además de la segregación que genera la colectivización de la tierra, a la par ha crecido un endoracismo y un neoracismo, entre los mismos negros y de los negros contra “blancos” y mestizos que va ha tener graves repercusiones en la convivencia ciudadana en los asentamientos de comunidades negras. Ha sido una ley que lejos ser un mecanismo idóneo para reducir la pobreza del negro en Colombia, se ha constituido en uno de los peores escollos para el avance hacia el progreso de la población negra colombiana.
Por lo tanto, su impacto ha sido contrario, se han aumentado más los niveles de pobreza debido a que la norma ahuyenta la inversión privada, frena la inversión pública y la construcción de obras de infraestructura en los asentamientos negros. Tampoco es con certificaciones de más negro o menos negro, similares a las que se  concedían en el período colonial la corona española, basadas en las denigrantes leyes borbónicas como las de Gracias al sacar, mediante las cuales se compraba blancura como vamos a lograr  que los negros tengan más acceso a determinadas políticas estatales en Colombia.
Ni es fomentando el tribalismo y la endogamia como lo plantean los escritores Arocha y Rodríguez como debemos defender los derechos a la igualdad de los negros e un país como Colombia. No pretendo negar que desde la fundación del Estado colombiano, los negros y los indígenas hayamos sufrido una sistemática discriminación, ni ocultar la injusticia social que ha imperado contra millones de negros e indígenas en Colombia.
No es impulsando más discriminaciones y exclusiones entre los colombianos como se van  a superar la desigualdad y la pobreza que afectan a millones de seres humanos. La desigualdad y la pobreza, tanto en Colombia como en el resto del mundo no tienen color de piel son problemas que afectan a “blancos”, mestizos, negros e indígenas.
Los defensores de las acciones afirmativas como Jaime Arocha y César Rodríguez, entre otros han pretendido darle un enfoque tribal homogéneo a los problemas del negro en Colombia, cuando la realidad es otra, existe una Colombia negra rural y una Colombia negra urbana, en donde los negros tienen sueños y aspiraciones de progreso y de bienestar diferentes.
En el afán de mostrar el unanimismo étnico del negro colombiano, sustentado en el color de la piel no se han detenido a examinar la problemática negra desde la multiculturalidad, en virtud de que vivimos en un país de múltiples culturas y sobre esa base es que debemos tratar de construir una política de inclusión, porque que la pertenencia a determinadas particularidades culturales tienen mayores fuerzas de cohesión política y social que el color de piel de los individuos.
Un negro del Caribe colombiano es culturalmente diferente a un negro de la región Pacífica y viceversa. Un negro nacido en la capital colombiana: Bogotá, culturalmente no es igual a un negro de los pueblos de las regiones riberas de los ríos Atrato y el Patía, ni piensan igual entorno al desarrollo y el progreso.
Por eso, el debate de fondo que debemos propiciar en un país como Colombia y en otros de América Latina, en relación con el racismo y exclusión de la población negras latinoamericana es sobre ¿Cuál es el modelo de Estado que se debe construir en estos países? Si unos Estados multiculturales más justos, tolerantes e incluyentes o unos Estados multiétnicos, más desiguales y excluyentes, en donde cada etnia configure con toda su simbología su propio guetto.

El caso del negro en Antioquia

Hace poco, el Observatorio para la Equidad y la Integración Social de Confama, publicó una investigación sobre “La Situación de la población afrocolombiana, indígenas y otras minorías étnicas en Antioquia”. Estudio que volvió a colocar sobre el tapete los mitos del origen de la “raza” antioqueña. Antioquia tiene una población afro que supera los 1.215.985 habitantes y ha sido una de las regiones con mayor número de pobladores negros desde la época colonial en Colombia. Actualmente los negros representan el 26% de la población antioqueña, su presencia en el territorio antioqueño es igual de antigua y significativa como la población mestiza.
Destacados investigadores como María Teresa Uribe, Roberto Luis Jaramillo y Víctor Álvarez, entre otros, han hechos investigaciones serias sobre esta materia. Sin embargo, hace falta un estudio histórico, económico, sociológico y antropológico sobre su aporte y el papel que ha jugado en el desarrollo de  la sociedad antioqueña desde el período colonial, al igual que otras variables que sirvan de bases para elaborar una política de desarrollo para la población negra antioqueña.
La investigación del Observatorio, al igual que la que realizó el Departamento Nacional de Planeación lo que hizo fue reafirmar lo que ya se conocía, El amigo  Jorge Giraldo, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad EE AFITT dice: “Antioquia no es un departamento blanco como los tenemos en el imaginario”. Víctor Álvarez en la investigación “La presencia negra en el mundo colonial de la región antioqueña”, sostiene  que “desde el momento de la conquista hasta hoy, la vida económica, social, política y cultural de la región antioqueña se halla cruzada de palmo a palmo por los negros y  lo negro”.
Un sólo ejemplo nos aproxima a las conclusiones del Observatorio, el censo de población de 1806 arrojó que en Antioquia en ese año el 54 por ciento  de la población antioqueña era mulata, el 22 por ciento mestiza, el 17 por ciento negra y el 5.8 por ciento blanca.
Ahora, más allá de las groseras y ofensivas declaraciones del Diputado, Rodrigo Mesas Cadavid, sobre los chocoanos  cuando se empezó a debatir en la Asamblea el Plan de Desarrollo y de la retórica de la etnoeducación que algunos plantean como la panacea para afrontar los problemas de la pobreza y de la inequidad de la población negra en Antioquia, se requiere que se estructure en el Plan desarrollo, una propuesta  a largo plazo que se constituya en el pilar de una verdadera política económica y social que realmente resuelva los problemas estructurales de la pobreza que afecta a la población negra.
En el Plan de desarrollo que el gobierno antioqueño acaba de presentar  a la Asamblea, dedica menos del 1% de su presupuesto general de inversión para impulsar el desarrollo de las comunidades negras. Una cuestión que resulta bastante paradójica que en un departamento, en donde la población negra, representan el 26% de la población, la inversión sea tan exigua.
Indudablemente que para que las inversiones públicas, en beneficio de la población negra sean más  eficaces, en un departamento como Antioquia, se necesita de un cambio en la mentalidad en la mayoría de la población antioqueña, en virtud de que, en el imaginario de gran parte de ella se ha creído que la población negra es foránea y que históricamente no ha hecho parte de su tejido social
Por las falacias del mito de la “raza” paisa al negro se le excluyó en la historiografía antioqueña. Mito que se sustentó el imaginario de una sociedad de hombres libres que estructuró la pujanza antioqueña, en donde  se oculta el papel de la esclavitud y del negro en el desarrollo de la región. Un asunto que ha significado negación y exclusión para los negros, un tema que en el caso antioqueño, aún no ha sido lo suficientemente estudiado y, desde luego, ha servido para que se continúe pensando que los negros son foráneos, provenientes del Chocó y de la costa Caribe.
De allí que, como bien lo señaló en su momento el investigador Peter Wade, la identidad paisa es un mito de pureza racial que niega la herencia negra y glorifica la superioridad blanca y, por esos imaginarios  en la conciencia de un porcentaje de la sociedad paisa continúa expresando en público y en privado expresiones ofensivas contra los negros  como las que dijo el diputado Mesa.
De manera que esos imaginarios siguen latente en la conciencia de muchos líderes políticos  y empresariales. Por eso observamos pocos negros en puestos de vanguardia en el sector público y en el privado, obviamente que abogó que a los negros no sean  llevado a cargos  de vanguardia no sean  por el simple color de su piel, sino por méritos académicos y de trabajo.
Es urgente que en Antioquia como en otros departamentos  se desarrollen unas políticas de inclusión que trascienda de las palabras a los hechos, tanto en el sector público como el privado, en la búsqueda de una sociedad más equitativa, más justa, más incluyente y  que ofrezca soluciones realistas a los problemas de la pobreza del negro en Antioquia.
Pero así como se demanda de un cambio de pensamiento en los gobernantes y en el resto de la sociedad antioqueña, también se debe exigir a los líderes negros que construyan desde las comunidades de bases una sociedad civil autocrítica que se autoreconozcan y fortalezcan los procesos organizativos con códigos de buen gobierno y de transparencia en el manejo de los asuntos públicos.
Se dejen atrás las retóricas paternalistas, los autosegregacionismos y presenten iniciativas más propositivas. Porque las  iniciativas estructuradas y pensadas desde las perspectivas de los intereses de las minorías que controlan los espacios de concertaciones ante los organismos del Estado ha sido poco constructivas y han estado orientadas a beneficiar a un reducido círculo de “privilegiados” de las migajas estatales que a la mayoría de la población afro.
Desde las propias comunidades deben surgir nuevos liderazgos con una visión desarrollo para sus comunidades diferente a la que han tenido la mayoría de los líderes que se han quedado pensando más en el pasado que en el futuro.

* Periodista y escritor colombiano fue corresponsal de El Espectador y El Colombiano en el Chocó, Jefe de Prensa y Asesor de Comunicaciones en varias instituciones públicas y privadas. Ha sido y es columnista de El Tiempo, El Espectador, Portafolio, El Colombiano, El Mundo, La República, La Patria, El Liberal, El Universal, La Tarde y El Nuevo Siglo (Colombia), La Nación (Costa Rica), La Prensa, La Estrella de Panamá y El Panamá América (Panamá), El Heraldo (Honduras), Tal Cual (Venezuela) y El Nuevo Diario (República Dominicana). Columnista de las revistas Semana, Número (Colombia), Colaborador de los suplementos literarios Generación de El Colombiano y Papel Salmón de La Patria, entre otras, publicaciones nacionales y extranjera. Autor de los libros: El Tapón del Darién: Territorio de las discordias, Las Guerras y los Conflictos del Darién, Expedicionarios, Cronistas y Viajeros por el Chocó, Historia de los litigios de límites entre Antioquia y Chocó-Siglo XVI-XXI, Huellas Históricas, Geopolítica en Blanco & Negro y Travesía por la historia de África.

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