Elegía homenaje a Fausto Rentería machado



Fausto Rentería Machado, hijo de Rosalía y Anselmo y nieto de Gregorita, cuya madre, fue la última mujer esclavizada de una dinastía de nobles esclavizados y venidos de África.

De mis recuerdos de niña, no olvido la narración que mi madre me hacía de tus peripecias, atravesando el río San Juan, para luego, a golpe de machete, abrirte paso por el monte a trocha y mocha, hasta alcanzar Quibdó y de allí, en una guagua cuyo viaje a Medellín duraba tres días, llegar a la capital de Antioquía, paso obligado a Bogotá, para poder estudiar Derecho y Ciencias Políticas, que era tu pasión.

Recuerdo, un viejo piano que te dejaste en casa cuando te marcharse a París y que nos acompañó en cada mudanza, ocupando un lugar prominente en los salones de las casas en las que vivimos. Un piano desafinado, a el que solo mi hermana Yudy, pudo arrancarle unas notas armoniosas, llegando incluso a tocar el “Para Elisa”, melodía con la que nos despertaba, cuando la pereza de las mañanas domingueras bogotanas, pegaba a nuestros cuerpos las sábanas.

Recuerdo, el celo con el que mi madre, conservaba tus libros en un baúl, equipaje obligado que trasteábamos de un lado para otro, sin que yo pudiera entender, porqué no se colocaban en las estanterías con los demás libros.

Recuerdo, el recorte de un periódico colombiano que mi madre guardaba en un cajón de su despacho que tenía una fotografía tuya y un texto que hablaba de tu brillante tesis doctoral.

Pero sobre todo, recuerdo el pañuelo de seda de múltiples colores que me enviaste desde París, tan fino, tan fino, que llegó a casa en su sobre, como si una carta fuera.

Recuerdo, mi emoción al ver mi nombre impreso en aquel sobre, “Señorita Laura Victoria Valencia Rentería”, era la primera vez que alguien me decía señorita, pues para todos, hasta entonces, era la niña Laura.

Nunca olvidaré la cara de envidia de mis hermanas, que hicieron un círculo a mi alrededor para ver, tocar y admirar aquella tela tan fina que venía doblada en una carta.

Recuerdo, como si fuese hoy, cuando mi madre, con una tristeza infinita reflejada en aquellos maravillosos ojos claros que jamás podré olvidar, me dijo… “Tu tío Fausto me cuenta, en una carta que acaba de llegar, que ha entrado en contacto con la cúpula del poder africano en una asamblea de la ONU y que se marcha al Congo”.

¿y porqué estás triste?, le pregunté y, entonces ella, con un tono de voz casi imperceptible me dijo...
Porque África es un viaje sin retorno. No volveré a ver a mi hermano–.

Pero volvió a verte, porque también recuerdo; siendo ya una adolescente, que llegabas a Colombia cuya escala era nuestra casa, antes de emprender viaje en un avión de dos hélices hasta Quibdó, para luego cortando las aguas del Atrato y las corrientes del San Juan, en una canoa remada por dos bogas a canalete limpio, llegar a una aldea llamada Playa de Oro, para visitar a tu madre y a tu parentela, regada en los caseríos a orillas de los ríos del Chocó.

Mas tarde, aquí, recuerdo, que recurría a tu prodigiosa memoria cada vez que la inspiración a mis poemas me llevaba a los poetas de nuestra tierra, de los que me nutrí de niña y mientras tu, me hablabas de gente que yo no había conocido, yo te preguntaba por el autor de los versos de algún poema, que recitaba de memoria desde niña, pero que sin embargo, el nombre del autor había caído en el olvido.

Por eso, en honor a tu chocoanía, pues nunca olvidaste tus raíces y siempre fuiste un chocoano de médula y tronío, yo, tu sobrina Laura Victoria, hija de tu hermana Laurentina, nieta de tu madre Rosalía y bisnieta de tu abuela Gregorita, te doy mi despedida con un viaje en el recuerdo al centro de la tierra que te vio nacer y que ha visto nacer y morir a tu estirpe.

Te doy mi despedida, situándome en la margen derecha del rio Atrato, para desde allí, en ese viaje imaginario que quizás emprenda un día, decirte adiós con los versos de un poeta, cuyo nombre me recordaste en nuestra ultima charla, hace apenas unos días.

Adiós, tío Fausto.

Te hablé de aquí, de la ciudad bañada, por la espesa corriente aletargada
En la quietud profunda de un remanso,
De la ciudad que hoy, a ti se inclina, como si se inclinara
Sobre el ancho lomo de un gran león domesticado y manso.

Laura Victoria Valencia
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