La paja en el ojo ajeno: España, EEUU y los "Conguitos"


Por: Yahvé M. de la Cavada
Hace unos días, el músico de jazz afroamericano Orrin Evans publicaba en su página de Facebook una fotografía tomada en España, que consistía en un primer plano de una bolsa de “Conguitos”. El pianista acompañaba la imagen con esta frase: “He visto este dulce algunas veces en mis viajes a España, ¿qué pensáis de él?”. Hasta el día de hoy, la foto ya tiene 105 comentarios.
La imagen antigua, eminentemente racista, de los "Conguitos"
El debate sobre esa imagen comercial, de evidente índole racista, empezó con un enlace –aportado por el propio Evans– a un texto titulado “Conguitos: Spanish sweets with an out-of-date image” (Conguitos: Dulces españoles con una imagen desfasada), que cita la denuncia llevada a cabo por María Frías (profesora de la universidad de Coruña) en 2003, para cambiar la imagen del popular producto de Lacasa, por “racista e insultante” (la de Cola Cao, por cierto, tampoco es particularmente afortunada). Aunque la compañía ha modificado ligeramente el personaje que preside los envases, no parece suficiente; y eso, sin contar la lamentable versión del jingle de los “Conguitos”, encargado por Lacasa al grupo Zenttric, una banda española que se caracteriza precisamente porque su cantante es –seguro que lo adivinan– negro.

Aquí es donde abriríamos el debate, porque en este país lo que nos encanta es hablar, sobre todo en los bares. Y el debate empezaría con unos cuantos razonamientos basados en que no es para tanto, que son ganas de ponerse a exagerar, y que la población española no es particularmente racista. Pero, con respecto al debate iniciado en elFacebook de Evans, el dato preocupante llega con el comentario que hace el saxofonista Wayne Escoffery (acompañante habitual del trompetista Tom Harrell, entre otros): “He ido bastantes veces a España desde 1999, y me he sentido ofendido por el racismo al menos una vez en CADA uno de mis viajes. ¡EN CADA UNA DE ELLAS! Está grabado en su cultura. Creo que es más ignorancia que maldad, pero no deja de ser racismo. Y, en 2011, no hay mucha excusa para ese tipo de ignorancia”.
Bueno, ahora soy yo el que pregunta: ¿qué piensan de esto?
Yo no me considero una persona racista en absoluto, y la mayor parte de gente que conozco tampoco se identifica como tal. Pero no hay que olvidar uno de los principios básicos del ser humano: que un hijo de... nunca cree que él es un hijo de... Nadie afirmará tal cosa de sí mismo, más allá de la broma, ajustándose al sentido de la expresión, y explicará sus acciones y comportamientos de hijo de... con otro clásico inherente al ser humano: la autojustificación. Con el racismo suele pasar algo parecido, siempre hay una explicación paralela, más o menos rebuscada, para justificar un comportamiento o comentario racista.
  
Así que, para muchos, si algunos negros comentan ofendidos el logo de los “Conguitos”, es porque son unos exagerados y porque buscan sacarle punta a todo. Son negros cabreados, y no hay que hacerles mucho caso, porque están resentidos, dirán otros. Aunque es fácil decirlo cuando uno no es negro en EE. UU., opinando desde la cómoda Europa en la que se ve a los yankis como una banda de bestias a quienes, paradójicamente, todo el viejo continente se esfuerza en copiar lo más que puede. Copiar lo malo, digo.
Pero, si ustedes tienen oportunidad de dar un paseo por cualquier metrópoli norteamericana, jueguen a contabilizar el número de “sin techo” negros y blancos que se encuentran por la calle. Es revelador. Vayan a los barrios ricos y a los humildes, y comparen los índices de negros en cualquiera de ellos. Y de latinos, árabes, orientales, etc.
  
Aún así, sigo creyendo que España no es un país eminentemente racista. No mucho, al menos. Quiero creerlo, aunque la observación de la realidad a veces me contradiga. Esa realidad nos ha traído recientemente datos como la ocupación de la alcaldía de Badalona por Xavier García Albiol, conocido por su discurso racista y xenófobo, o la situación de la inmigración –así, en general– como una da las cosas que más preocupan a los españoles, sólo superada por la economía, el paro y la clase política (y eso que ha bajado unas cuantas décimas). Pero aquí el problema no es con los negros, sino con los extranjeros en general. Quien es racista, no es racista con su racismo; todos le parecen mal por igual.
Probablemente no sea tanto una cuestión de racismo como de clases. Es decir, que no nos molestan los extranjeros, lo que nos molesta son los extranjeros pobres. Para los aficionados a la música, el tema del racismo es casi incoherente, dado el gran número de músicos de color que protagonizan la historia del blues, el jazz, o el rock, pero el racismo no empieza cuando vemos a un negro, a un latino o a un magrebí sobre un escenario, sino cuando baja de él.
Ese racismo selectivo entra en juego en esos casos. Recuerdo aquella escena de la obra maestra de Spike Lee, “Haz Lo Que Debas”, en la que el personaje de John Turturro, un joven italiano bastante racista, es interrogado por el personaje de Lee: “¿Quién es tu deportista favorito? ‘Magic’ Johnson ¿Y tu actor favorito? Eddie Murphy ¿Y tu músico favorito? Prince… ¡Pero eso no son ‘negratas’ tío! No son negros, o sea, sí lo son pero son… Más que negros… Distintos”.
No parece que la cosa haya mejorado desde entonces. Aquí es muy fácil no ser racista con los afroamericanos, porque su volumen de población es muy pequeño en España y porque resulta sencillo aceptar a iconos comoWill SmithKanye West o Beyoncé. Hasta los traficantes y asesinos deThe Wire nos parecen cool. La pregunta es cómo ve o trata uno a los pocos negros que se encuentra en el mundo real. Porque el racismo tiene que ver con esos, no con los que salen en la tele.

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