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¿Certificado de negro, o confusión certificada?


Por: José Eulícer Mosquera Rentería.


El pasado domingo 13 de marzo, Héctor Abad Facio-Lince, uno de los más reconocidos periodistas colombianos del momento, escribió en el periódico El Espectador una columna que tituló “Certificado de Negro”, en la cual pretende ridiculizar y declarar improcedente conquistas del Movimiento Social Afrocolombiano, en relación con las políticas de acciones afirmativas ó de discriminación positiva que favorecen a las comunidades afrodescendientes, especialmente en lo que respecta a las titulaciones colectivas de sus territorios ancestrales, la consulta previa y debidamente informada con ellas, para poder entregar concesiones o realizar cualquier actividad en estos por parte de terceros, y a la garantía de cupos para el ingreso a la educación superior de jóvenes afrodescendientes de familias y comunidades que aun viven en condiciones de marginalidad extrema, como lastre de la colonia y como consecuencia de las políticas gubernamentales excluyentes y discriminatorias.

En su despectivo artículo dice el periodista Héctor Abad, que estar garantizándole privilegios a los afrodescendientes por sus características raciales, para lo cual deben contar, según él, con un “certificado de negro” ó “certificados de afrodescendencia”, espedidos por ciertas organizaciones sociales, es igual a lo que ocurrió en la Alemania Nazi o hitleriana, donde las políticas públicas favorecieron a los arios en detrimento de los judíos. Y que no entiende como se define quien es negro, blanco, indio o “mezclado en distintas dosis”, en un país del mestizaje tan amplio y profundo como Colombia.

Como dice la ilustre investigadora social Claudia Mosquera Rosero-Labbé, a uno lo sorprende que personajes de los pergaminos académicos, de la trayectoria y del reconocimiento intelectual de Héctor Abad sean tan desmemoriados y lleguen a exhibir tal grado de ignorancia de la historia y de la realidad antropológica y sociopolítica de nuestro país. ¿Será que Héctor Abad no está informado que nuestras comunidades descienden de los pueblos que han sufrido un holocausto mucho más grande y prolongado que el de los judíos; Que nuestros abuelos/as fueron secuestrados, sometidos a los peores vejámenes, despojados de sus territorios y de milenios de construcción patrimonial en sus terruños africanos, luego sometidos a cerca de cuatro siglos de esclavitud en América y lo que hoy es Colombia, tiempo durante el cual los esclavistas-colonialistas europeos y sus descendientes criollos se les robaron la totalidad del producto de su trabajo, y que finalmente, al lograrse la independencia, a la cual dieron su invaluable aporte, fueron obligados por las nuevas oligarquías que capturaron el poder estatal a refugiarse en los territorios más inhóspitos, con las manos vacías, por que los primeros gobiernos de la república emergente indemnizaron a los esclavizadores, pero para los africanos y afrodescendientes que habían sido los grandes productores de riquezas durante todos esos siglos, no hubo resarcimiento alguno, todo lo cual constituye la más artera de las violencias, y la mas grande de las injusticias sociales. Y que por eso la sociedad colombiana tiene una gran deuda con el pueblo afrodescendiente, al igual que con los indígenas, la cual entraron a negociar los representantes de nuestras comunidades con los constituyentes de 1.991, concertando la definición de nuestro país como una sociedad multicultural y pluriétnica, comprometiendo al Estado a defender y promover la diversidad étnica y cultural como la gran riqueza nacional, desde la educación y las demás atenciones que debe darle a los diferentes núcleos poblacionales. Y en el caso particular de los afrodescendientes, autorizaron al ejecutivo y al legislativo, a través del Artículo Transitorio 55, producir una ley que reconociera unos derechos y garantizara unas atenciones especiales a este núcleo poblacional, a objeto de irlo sacando de la marginalidad histórica y aproximándolo a las condiciones y calidad de vida de la población mayoritaria, blanco-mestiza?

Las razas y el racismo se los inventaron los colonialistas europeos en su pretensión de querer demostrar una supuesta superioridad sobre los demás grupos humanos y justificar su opresión colonialista sobre ellos, en particular sobre los pueblos africanos e indoamericanos. Los afrocolombianos/as, palenqueros/as y raizales, y sus organizaciones, vienen hablando es de derechos y reivindicaciones de comunidades y pueblo afrodescendientes, y si en alguna ocasión hablan de “comunidades negras”, se trata de secuelas que ha dejado el colonialismo en el lenguaje de todos los colombianos y colombianas, que debemos superar a través de un proceso consciente de descolonización definitiva de nuestras vidas.

Por tanto, nuestras organizaciones no expiden “certificado de ser negro”, como dice Héctor Abad, sino certificados y avales de pertenecer a una comunidad afrodescendiente, pobre e históricamente marginalizada y, por ende, objeto de una atención especial del Estado, ordenada por la Constitución Nacional y plasmada especialmente en la Ley 70 de 1.993. En consecuencia, no es el tono de la piel y otros rasgos raciales lo fundamental para que nuestras organizaciones den avales y certificaciones. Situación que, quizás por la mentalidad subestimadora de la africanía, heredada del colonialismo, no han logrado entender algunos académicos y profesionales como Héctor Abad, e inclusive funcionarios del ICETEX y de universidades tan prestigiosas como la de Antioquia, con quienes algunos representantes de nuestras organizaciones han tenido confrontaciones desagradables porque se obcecan en no querer admitir a algunos jóvenes de comunidades afrocolombianas del pacífico, del Chocó y de Urabá, avalados por ellas para los cupos universitarios especiales y los créditos condonables para jóvenes estudiantes de comunidades afrocolombianas, por “tener la piel muy clara” y/o “rasgos raciales europeos”, según ellos. Lo que quiere decir que estos académicos y funcionarios se han quedado con la mentalidad muy anclada en las racializaciones colonialistas, confundiendo el concepto de etnia o de grupo étnico, en el que prima la pertenencia grupal o social, el compartir el mismo territorio, la misma cultura, la misma historia y la misma lengua, con lo racial, que como ha quedado dicho arriba, es un invento del colonialismo, se limita a lo somático y es una categoría biológica elevada a categoría político-social por el capitalismo. Desconociendo a la vez, que nuestras comunidades también han sido afectadas por el mestizaje de representantes de los cuatro bloques étnicos que vienen interactuaron en estos territorios desde la época colonial: africanos/as, asiáticos/as, europeos/as e indoamericanos/as.

Por lo anterior, de ninguna manera se pueden equiparar las luchas reivindicativas de las comunidades afrocolombianas y de sus organizaciones, con lo que fue el nazismo ó Nacional Socialismo del señor Adolfo Hitler y su séquito de criminales en Alemania. Pues ellas no están pretendiendo oprimir a nadie, ni estar por encima de nadie, ni mucho menos asumir el poder absoluto del Estado y el control absoluto de la economía, apoyándose en el militarismo más brutal, llegando hasta emprender acciones genocidas contra otros sectores sociales, con base en el odio racista y argumentaciones absurdas. Al contrario, vienen proponiendo es el transito hacia una sociedad efectivamente justa, equitativa e igualitaria, sin racismos ni discriminaciones, que deje bien atrás esas prácticas antisociales heredadas del colonialismo, para que al fin podamos convivir en una sociedad de hermandad y pacifica.

Desde comienzos de la República las clases oligárquicas dominantes colombianas, se han rebuscado todo tipo de argumentos para desconocer los derechos y excluir a las comunidades afrocolombianas de los planes de desarrollo y de las inversiones sociales, y para evadir su responsabilidad en el estado de pobreza y de marginalización social en que se encuentran. En este orden, hace más de 17 años fue sancionada la Ley 70 de 1.993 ó Ley de Comunidades Negras, y los diferentes gobiernos que se han alternado durante todo este tiempo se han ido por las ramas, eludiendo el cumplimiento de sus mandatos fundamentales, como la ejecución de un plan de desarrollo diferencial, recurriendo si es necesario al endeudamiento externo, la implementación de la Etnoeducaciòn y la Cátedra de Estudios Afrocolombianos, como la forma más adecuado de impartir una educación pertinente con la cultura, la historia y las aspiraciones de bienestar y progreso socioeconómico de las comunidades, y de construir identidad nacional. Dándose casos de algunos altos funcionarios públicos que les manifiestan a los representantes de nuestras organizaciones, que ellos no cumplen esa ley porque no le ven razón de ser, y que facilitan algo para las comunidades es porque quieren ayudarlas, y finalmente, si acaso, solo ofrecen migajas. Es decir que, no atienden a nuestras comunidades en reconocimiento de unos derechos constitucionales y legales, sino que les dan tratamiento de mendigas. Lo cual para mi, constituye un delito penalizable, porque todos/as estamos en la obligación de cumplir los mandatos constitucionales y de ley, en especial los funcionarios públicos.

En este sentido, lo peligroso del artículo de Héctor Abad es que, de no rebatirlo y hacer las rectificaciones pertinentes, se puede convertir en un repertorio argumentativo más de las oligarquías gobernantes y sus representantes, para continuar burlando los mandatos constitucionales y legales en relación con los derechos y las atenciones que deben garantizarle al pueblo afrodescendiente, prolongando por muchos años más su pobreza y marginalización social, al igual que la de las comunidades indígenas.

El inmolado ministro Gilberto Echeverri Mejía, en su libro “Un Sistema Educativo para Construir Desarrollo y un País Justo, Equitativo y en Paz”, registra que en Antioquia, el departamento más pujante de Colombia, solo el 10% de los egresados de la secundaria puede ingresar a la universidad, que en su mayoría son de la capital, Medellín,. A partir de estos datos uno se puede imaginar como será la situación para los/as jóvenes afrocolombianas/os que proceden de unas comunidades e instituciones educativas con tantas carencias. Y precisamente esto explica el porque de los cupos universitarios especiales para estudiantes de comunidades afrocolombianas, ya que además, los exámenes de admisión a las universidades, al igual que las pruebas ICFES, han sido diseñados para estudiantes que han disfrutado de condiciones socioeconómicas y educativas ideales ó muy buenas, por tanto, los jóvenes de las comunidades marginalizadas de entrada están en desventajas frente a ellos al momento de presentar estas pruebas ó exámenes para acceder a un cupo en la universidad, lo que exige alguna medida para cerrar un poco la brecha, en actitud justa.

También dice el benemérito Echeverri Mejía en su libro, que en general los estudiantes colombianos en todos los niveles de la educación están siendo muy mal formados, sobre todo en las áreas sociales, técnicas, tecnológicas y en lenguaje, y que por ello Colombia requiere de una Revolución Educativa orientada a formar personas justas, equitativas, de convivencia pacífica, generadoras de desarrollo socioeconómico y bienestar social, y que pondere la cultura, lo étnico y la paz. Propuesta muy similar a la étnoeducativa que vienen promoviendo los movimientos sociales afrocolombiano e indígena. Héctor Abad no solo debería leerse este libro de su paisano, sino también utilizar su gran influencia para masificar su distribución gratuita entre los representantes del sector educativo y de su gremio del periodismo, a objeto de contribuir a que en nuestro país no se continúen difundiendo preconceptos y conceptos que solo alimentan comportamientos egoístas, injustos, inequitativos y el odio entre los colombianos.

En cuanto a los territorios ancestrales, es mundialmente conocido como nuestras comunidades vienen siendo despojadas y violentamente desplazadas de ellos por agentes foráneos, en muchos casos con licencias expedidas por gobernantes o funcionarios públicos del orden nacional, para dedicarlos a actividades económicas lícitas e ilícitas de tipo capitalista. Por ende, Todo colombiano/a sensato/a, verdaderamente humanista y que le duela la patria, debería estar apoyando las luchas de comunidades afrodescendientes e indígenas por mantener la soberanía sobre sus territorios, contando con la debida protección del Estado, no solo como actitud consecuente con la justicia social, sino que ellas con sus practicas culturales y sociolaborales armónicas con el ambiente, han garantizado la conservación del equilibrio ambiental, los más maravillosos ecosistemas y biodiversidad, constituyéndolos en unos de los pocos pulmones que le quedan a nuestro planeta, y por tanto, un invaluable patrimonio nacional y de la humanidad. ¿Es que acaso no se imaginan la terrible destrucción que sufrirían estos ecosistemas en la medida que nuestras comunidades sean despojadas siquiera de una tercera parte de ellos, y las graves consecuencias que esto traería para nuestro país y para nuestro planeta?

Las acciones afirmativas o de discriminación positiva, señor Héctor Abad, ya hacen parte del derecho internacional, como doctrina, han sido acogidas por la Organización de Naciones Unidas como parte del compendio de Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario, y de ellas se vienen beneficiando muchos pueblos sometidos a condiciones históricas de marginalización social y degradantes de la condición humana. Entre ellos el más beneficiado ha sido el pueblo judío, quien ha venido recibiendo fuertes indemnizaciones de parte de Alemania y otras potencias occidentales, por los sufrimientos y daños derivados de la denominada Segunda Guerra Mundial. Todo pueblo, incluido el alemán, tiene todo el derecho a reclamarlas el día que se encuentre en estas condiciones.

Finalmente, con este escrito solo he querido hacer algunas precisiones y evidenciar el estado de confusión en que se encuentran algunos profesionales universitarios del reconocimiento social de Héctor Abad Facio-Lince, con respecto a sus conocimientos sobe la historia, la antropología y la realidad sociopolítica nacionales, reconociendo que en el fondo ellos no son los culpables, sino nuestro pobre sistema educativo, que generalmente nos da una cucharada de sabiduría y dos o tres de confusión y/o estupidez. De allí la necesidad de hacer en nuestro país una verdadera Revolución Educativa, que tenga entre sus propósitos la implementación de la propuesta etnoeducativa, la Cátedra de Estudios Afrocolombianos y la Cátedra Indígena, en forma trasversal en todas las áreas del currículo del sistema educativo nacional, como mandan los decretos 804 de 1.995 y 1122 de 1.998. Azabache, marzo-2011-2.


Nota: Le aclaramos también a Héctor Abad que los representantes de nuestros movimientos sociales en la Conferencia de Durban, Sudáfrica, 2001, acordaron que el término “afrodescendiente” se puede utilizar en sentido amplio para expresar el origen africano de toda la humanidad, ó en sentido restringido para identificar a los pueblos, comunidades y personas descendientes de la diáspora africana.

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